Nada me preparó para integrar los sistemas de un gigante de los alimentos con los de un gigante de los autoservicios. Esto me llevaría después a donde pocos habían ido antes: a integrar sistemas en tiempos donde la técnica para eso apenas se estaba escribiendo. También me llevaría a un proyecto extremo donde los egos luchaban y los objetivos nos esquivaban.
La escalera marinera se cimbraba mientras subía por ella con un cable de red en mano. ¿Pero qué rayos hago aquí? Me pregunté cuando ya estaba varios metros por arriba del suelo. Necesitaba conectar un cable que uniría las redes de cómputo de dos edificios dentro de un complejo gubernamental federal. Quería ser ingeniero en sistemas, pero esto de tender un cable inter-edificios ya me estaba pareciendo que tenía poco que ver con ello, sobre todo cuando la escalera estaba haciendo las cosas innecesariamente dramáticas.
Pegamos anuncios falsos y nos lanzamos a desinstalar aplicaciones en nuestra lucha contra virus que nunca existieron. Las cadenas de mensajes con bulos nos engañaron mientras aprendíamos que estábamos en un nuevo mundo, el mundo salvaje de Internet, con todas sus bondades, con todos sus contras. La información empezaba a fluir, la buena y la mala.